Nunca un abrazo dio tanto de qué hablar, ni nunca fue tan necesario. Nunca fue tan merecido, ni tan íntimo. Luna y Abdou se fundieron en un abrazo tan natural que la mayoría de las personas, mientras veíamos las imágenes, pensábamos que también nosotros querríamos estar abrazados en ese momento.
Hagamos un pequeño esfuerzo y cerremos por un momento nuestros ojos, pensemos que estamos regresando de un largo viaje y llegamos exhaustos, cansados física y mentalmente. ¿Desearías que el familiar que te está esperando se acerque a ti y te dé un abrazo? Detente un momento… siéntelo, de verdad.
Siente tus hombros pegados a los suyos, tus brazos sobre su espalda y los suyos sobre la tuya mientras piensas que al otro lado de tu viaje no habrá nadie esperándote con un rostro de felicidad. Probablemente no haya un familiar esperándote al otro lado de la orilla, o de la frontera, quizás un grupo de desconocidos, del que todavía dudas de la acogida que recibirás.
No cerremos este experimento empático tan pronto, no abras tus ojos, siente que estás a punto de desmayarte porque no sabes ni cómo has logrado llegar a tu punto de destino y sin esperarlo te reciben con cariño, tu cara cae sobre un hombro desconocido, al que ya le has dado toda tu confianza. Respira profundo, huele la sal que impregna todo tu cuerpo, siente que tu ropa mojada ya parece más seca y que ha desaparecido el hambre, que tu alimento ahora es ese abrazo tan necesario.
Y digo que ese abrazo se convierte en alimento, porque el ser humano es un ser social, podemos vivir sin recibir comida durante un tiempo, pero no existimos sin contacto social. Esto es algo que ya quedó demostrado en los experimentos que llevó a cabo el psicólogo Harry Harlow en la década de los 60 y en los que empleó a macacos. Para quienes no conozcan dicho estudio lo simplifico aquí: Harry introdujo a los monos (de corta edad) en jaulas individuales. Ahí debían convivir con dos artefactos metálicos. Uno de ellos soportaba un biberón, mientras que el otro simulaba un macaco adulto y estaba acolchado con felpa pero sin alimento. El estudio demostró que la figura de “cariño” es mucho más importante que el alimento, ya que los monos preferían no alimentarse pero sí estar junto a la figura que entendían materna o de protección.
Donde algunos vieron desesperación yo veo un intento
por recuperar el cariño perdido tras un largo viaje
El experimento, que deja numerosas conclusiones sobre los importantes efectos del contacto social y su construcción futura para la vida adulta, viene al pelo sobre la historia de Abdou y Luna. Donde algunos vieron desesperación, derrumbe o agonía, yo veo un intento humano por recuperar el cariño perdido tras un largo viaje. Como padre, qué no desearía más que ver a mi hijo o hija recibiendo un abrazo cuando llega a un destino incógnito.
No soy quién para decir qué hay que hacer o dejar de hacer, pero si alguna lección nos ha dejado este abrazo es el de la injusticia de aquellos que aprovechan estos momentos para seguir con la cultura del odio.
Mucho se ha hablado sobre esta cuestión, de la que creo que como sociedad deberíamos de reflexionar, ya que nos falta mucho por aprender a ser más humanos. Al principio las redes sociales se volcaron con el abrazo y agradecieron a Luna por ello (críticas aparte). Sin embargo, nos olvidamos de Abdou, nadie le puso nombre, y cuando a una persona no se le pone nombre quiere decir mucho. Entiendo que nos centramos en Luna por su buena acción y labor, y sobretodo porque recibió el odio injustificado de parte de la sociedad que sigue amando el discurso racista. Pero a día de hoy la mayoría de la gente que dio su apoyo con el hastag #GraciasLuna todavía no sabe que el chico a quien le dio ese abrazo se llama Abdou, es senegalés, tiene 27 años, emigró porque sus ingresos en su país no le daban y, tras lanzarse al mar desde Castillejos hacia Ceuta, fue devuelto “en caliente” a Marruecos.
¡Hay una sociedad que tiene al efecto migratorio y sus personas entre ceja y ceja como un mal colectivo! Esto ya lo sabemos y es algo que solo se resuelve con educación, la misma que todavía nos falta a la mayoría para empezar a preguntarnos por las personas que llegan a diario a nuestras costas para que dejen de ser un simple número, como los que cada día vemos de fallecidos por covid-19.
La cuestión migratoria y todas las consecuencias y problemas que conlleva nos llevaría a hacer un artículo exclusivo, por lo que me voy a centrar en esta ocasión en la parte que para mí ha sido la más emotiva.
Así que volvamos a la reflexión anterior. ¿Por qué al principio Abdou era el chico al que Luna le dio un abrazo? No creo que tenga que ver con la desinformación del momento, más bien es un acto reflejo de enorgullecernos como sociedad por lo bien que recibimos a quien lo necesita. Esto nos posiciona en un nivel superior sobre la persona que recibe el abrazo, porque lo recibe, no es que sea algo recíproco. La forma en la que hablamos marca. ¿A caso nosotros no necesitamos también ese abrazo? ¿A caso el abrazo no es tan reconfortante para quien lo recibe como para quien lo da? El abrazo es uno de los mayores gestos de empatía que existen y sitúa a ambas personas al mismo nivel humano.
Y es que abrazar es lo que ya poco a poco podemos volver a realizar, una vez comienzan a pasar los peores efectos de la pandemia. ¿Cuánto hemos soñado con poder abrazar a nuestros familiares desde aquel fatídico 15 de marzo de 2020? ¿Cuánto desearía Abdou recibir un abrazo, después de tanto esfuerzo, después de realizar un viaje lleno de peligros y de no contar con el apoyo de nadie? ¿Cuánto desearía Luna recibir un abrazo que reconforte el esfuerzo que a diario realiza?
Para mí el abrazo entre Luna y Abdou quedará como un símbolo de humanidad de la más natural y genuina, un símbolo del que debemos aprender para crecer como sociedad.

