La insurrección del siglo XXI se hace con el pensamiento. Siguen existiendo las rebeliones violentas, los baños de sangre y las represiones brutales. Cierto. Pero son revoluciones —y reacciones— presentes realizadas con métodos arcaicos, los que se aplicaron en el siglo pasado, el de las atrocidades, con máxima eficiencia. En este minuto, para ser un insurrecto no hay que mancharse las manos, sino que sobre estas ha de apoyarse un buen libro. Y después prender una lenta mecha ante la pantalla de un dispositivo electrónico.
Siempre levanto la vista cuando L. me comenta que tal persona es “una insurrecta”. Lo dice en un tono que me engancha, sumado al propio sonido de la palabra: susurrante. Y, cómo no, a los ecos románticos de su significado. Dice el diccionario de la Academia que un insurrecto es aquel que se levanta o subleva contra la autoridad pública, y no se me ocurre acción más noble ni solidaria. Pues en la era de la sumisión, de la apostasía de los valores y del egoísmo supremo, levantar la mano para pedir la palabra y disentir aporta a la comunidad una voluntad de martirio que sobrecoge. Nota: nunca levantéis la mano para agredir o señalar, pues en ese momento os convertiréis en la autoridad pública.
Sobre la insurrección en sí prefiero la definición de Oxford Languages para Google, “sublevación de un colectivo contra la autoridad”, precisamente por lo desfasada que me resulta. En este minuto —en un mismo minuto caben incontables cuestiones—, ¿siguen existiendo los colectivos? ¿No son de igual modo una fuente de autoridad? Asediados por la atomización de las redes sociales y las innumerables etiquetas e identidades, ninguna centuria como la actual se identifica tanto con el individuo: lo aísla, analiza y empaqueta para que resulte un producto atractivo. La sublevación ha de ser, pues, hoy más que nunca, un hecho individual sujeto a las leyes del mercado digital.
Fue L. la que me condujo hasta Viaje al sur, de Juan Marsé, con fotografías de Albert Ripoll, un gran reportaje de realismo social en los años 60. Lo compró en formato electrónico y me lo dejó atisbar, con pleno conocimiento de mis debilidades. No tardé en conseguir el libro en papel, más por las fotos que por el texto en sí. En conjunto, Viaje al sur es un magnífico detonante para la insurrección contemporánea: no imagino que nadie quiera volver a una Andalucía semejante, social, económica y culturalmente depauperada. Rebelémonos contra la nostalgia de un pasado que nunca ocurrió, y que fue terrible. Reciclarlo en el presente solo genera basura.

Sí, por arte de magia la brutalidad se convierte en un mundo mejor y el crimen en heroísmo. Perplejo me quedé con la lectura de Ingenieros del alma, de Frank Westerman. Resumo: Westerman lleva a cabo una persecución “literaria” del escurridizo escritor soviético Konstantin Paustovski, autor de La bahía de Kara Bogaz (1932), y nos describe su transformación. De ser un escritor romántico pasa al más férreo realismo socialista tras la Revolución de Octubre, no sin dar antes un par de traspiés con la nueva autoridad pública. Entre medias, purgas, torturas, desapariciones, asesinatos en masa. Kara Bogaz es —¿era?— una bahía en el Mar de Aral, con unas condiciones climáticas venusianas. Las autoridades soviéticas decidieron convertirla en un complejo industrial, reverdecido por el desvío de las aguas de los grandes ríos del norte.
El heroísmo se encarna en las grandes obras hidráulicas del estalinismo, los ingenieros son los enviados del Partido para esta hazaña, y los escritores deben contarla para ser los “ingenieros del alma” del proletariado. El cúmulo de falsedades que Paustovski tuvo que amontonar bajo el “realismo” socialista tiene su sorpresa final en el libro de Westerman. En efecto, una obra de arte de la insurrección: mostrar que hay que mentir como un cosaco para ajustarse a la realidad del sistema.

Para rebeldes, los autores del “boom”. Ya sabéis: realismo mágico, García Márquez, Vargas Llosa y una superpoblada compañía literaria… Barcelona, Carmen Balcells… Aquellos años del boom, de Xavi Ayén, ha sido todo un descubrimiento para mí. Esta vez fui yo quien lo adquirió en formato electrónico, casi se lo leí a L. línea por línea, también tiene fotos y, claro, acabé buscándolo en papel. ¡Lo encontré, lo encontré! El libro es un mar de datos, y al mismo tiempo un vergel narrativo, sin dejar atrás su calidad ensayística. Se abre y se cierra con el famoso puñetazo que Vargas Llosa propinó a García Márquez. Ambos eran, hasta ese momento, amigos íntimos.
La peripecia vital de toda una pléyade de escritores latinoamericanos, su obra, sus mezquindades y bondades, la evolución divergente de su actitud ante la Revolución Cubana, la figura maternal y controladora de Balcells… Cuando acabé de leer la última página me di cuenta de que me encontraba en estado de shock. No hay mayor insurrección que descubrir que tus mitos fueron, en ese mismo minuto en el que todo es posible, seres humanos.

