“La vida privada en Rusia ha muerto”, decía el temible bolchevique Strelnikov —la cara hendida por la huella de un sable zarista— ante un turbado doctor Zhivago. Yo contenía la respiración, a riesgo de morir asfixiado durante las tres horas y cuarto de la película. La última palabra se quedó flotando como una pompa de jabón, “… muerto … muerto…” Pero era otra voz, no la de mi atormentado bolchevique, sino la de L. “¿Me escuchas? Que digo que en este pueblo las plazas públicas han muerto”. Para entonces Zhivago había sido devuelto, ileso, al vagón de ganado en el que viajaba hacia los Urales.
Durante las revoluciones mueren y nacen multitud de elementos que en algún momento se creyeron esenciales. También durante los períodos de crisis. A la gran depresión económica de 2008 ha seguido la del coronavirus, y superpuestas desde un tiempo anterior las incontrolables consecuencias del cambio climático. L. abomina de la escasez de árboles que den sombra en el casco urbano, de la imposibilidad de salir a la calle en verano, de la invasión por los coches de cualquier mínimo espacio. Ruido, motores de combustión, zonas verdes en retirada, senderos casi extinguidos por el abandono.

L. odia los conceptos groseros, los brochazos que ofenden el sentido común. Frunce el ceño cuando serpenteamos de perfil entre mesas y sillas, ahoga una exclamación al detectar los bancos públicos fagocitados para la terraza de un bar. Se santigua a la manera ortodoxa si se topa con familias cenando en las mismas puertas de un templo.
“Las plazas públicas han muerto”, sentencia L. Hace quince años, tal vez veinte, sobrevivía la ilusión de las ciudades habitables, y se fortalecía el espacio público como lugar de encuentro y comunicación de vecinos, familias, niños. Así se ha recogido multitud de veces en la literatura: la vida urbana como recipiente de lo simultáneo, lo diverso y lo común. Se narran momentos y lugares. “Cualquier cosa que digamos sobre las características generales de una ciudad, sobre su alma o su esencia, acaba convirtiéndose de forma indirecta en una confesión sobre nuestra vida, y especialmente, sobre nuestro estado espiritual. La ciudad no tiene otro centro sino nosotros mismos”, escribe Orhan Pamuk en Estambul, ciudad y recuerdos (2003).

La arquitectura, la ingeniería y la literatura se entrelazan para mostrarnos la relación entre el ser humano y el lugar en el que habita. Las ciudades, los pueblos, se convierten en protagonistas de las narraciones, de tú a tú con el resto de personajes. El territorio se convierte en obra literaria, pues contiene la historia y todos sus resortes. En el espacio público reconocemos que la ciudad forma parte de nosotros, y que sin nosotros no existe la ciudad. Cada calle se transforma al ser narrada para un lector concreto, cada lector escribe su vida calle a calle. “Yo soy el único espectador de esta calle; si dejara de verla se moriría”, dejó dicho Borges en el poema Caminata (1987).
Durante siglos se han moldeado las plazas, callejuelas, alamedas, avenidas, callejones, plazuelas, parques, rincones oscuros, esquinas luminosas, arboledas… Se han sedimentado las vivencias de decenas de miles de seres humanos, y a eso lo llamamos Carácter, Herencia, Tradición. Lo llamamos Patrimonio. La privatización o apropiación particular de estos espacios, de los escenarios en que cristalizan las vidas de una sucesión de generaciones, pone de manifiesto que una enfermedad aqueja gravemente a la comunidad.
La privatización o apropiación particular de los espacios públicos pone de manifiesto que una enfermedad aqueja gravemente a la comunidad
Pero no nos quedemos con las fotos fijas, puesto que el lugar que habitamos es ante todo dinámico. Nos desplazamos continuamente por él, mediante tránsitos y recorridos. El tránsito es casi inconsciente, utilitario, nos conecta al origen y al destino. El recorrido es selectivo, emocional y motivado; a través de los recorridos —y por ellos— conocemos la ciudad, y percibimos la presencia de los demás. No estamos solos. “…Yo mismo me sentí uno de aquellos que salían de la boca del metro a borbotones, como si los bombeara la vida igual que la sangre de una arteria rota. Me decía, yo soy cualquiera de esos…”. Cualquiera de esos era Andrés Trapiello, y así deja constancia en Madrid (2020).
Las calles acogen las viviendas, los comercios, los paseos y las manifestaciones, como bien sabía el Doctor Zhivago (Boris Pasternak, 1957): “…se organizó una gran manifestación, discurría desde la Puerta de Tver hasta la de Kalugam, en el otro extremo de Moscú… Era un día seco y helado de principios de noviembre, con un sereno cielo de color plomizo y escasos copos de nieve… A lo largo de la calle fluía una marea de gente, un auténtico babel, caras, caras, caras, abrigos de invierno enguatados y gorros de piel de cordero, viejos, estudiantes y niños, ferroviarios de uniforme, obreros del parque de tranvías y de la central telefónica… colegiales y estudiantes universitarios… Se oyó entonces el paso crujiente de la incalculable muchedumbre sobre la calzada helada”.

Las plazas arropan los acontecimientos, los monumentos, las concentraciones y los mercados, tesoros que más vale no descuidar, como refleja Antonio Soler en Sur (2018): “…la gente se agolpaba en el mercado sólo por costumbre, sin motivo alguno, dado que los toldos de los puestos vacíos estaban bajados y ni siquiera se les echaba el cerrojo, y no había nada que comprar ni vender en aquella plaza sucia, cubierta de basura que ya nadie barría… Y le parecía que ya entonces, en las aceras, había visto a ancianas y viejos pulcramente vestidos, enjutos, encogidos, como un mudo reproche contra los transeúntes”.
Si entorpecemos el uso público de los espacios ciudadanos, si hacemos cada vez más difícil su recorrido y su tránsito, ¿qué lugar queda para la vida común de las personas, para su comunicación, para la sociedad? Para vivir: “Le dije que no me podía mover porque un joven que buscaba la americana y que estaba empeñado en bailar conmigo me había dicho que le esperase. Y la Julieta me dijo, baila, baila… Y hacía calor. Los chiquillos tiraban cohetes y petardos por las esquinas. En el suelo había pipas de sandía y por los rincones cáscaras de sandía y botellas vacías de cerveza y por los terrados también encendían cohetes. Y por los balcones. Veía caras relucientes de sudor y muchachos que se pasaban el pañuelo por la cara. Los músicos tocaban, contentos. Todo como en una decoración. Y el pasodoble. Me encontré yendo abajo y arriba y, como si viniese de lejos estando tan cerca, sentí la voz de aquel muchacho que me decía, ¿ve usted como sí sabe bailar?” Era La plaza del Diamante (1965), descrita por Mercè Rodoreda.
L. levanta la vista cuando, en la película, la manifestación se topa con los cosacos. La vida social de los afortunados transcurre plácidamente en teatros, salones de baile y restaurantes. Lugares cerrados. Expresarse en las calles es revolucionario. La cámara planea sobre la multitud hasta encuadrar el rostro de Zhivago. Se oye el vuelo de los sables, siseando como serpientes. Los gestos del doctor describen perfectamente lo que está pasando. Más tarde baja a la calle para atender a los heridos. Se le acerca un cosaco y con firme educación le ordena: “¡Retírese!” El soldado extiende el brazo y señala la casa. Toda esta secuencia la vemos a través de una pantalla, y a mi espalda L. se retira para apartar discretamente los visillos del balcón. Hace frío ahí fuera. Las últimas luces filtran las miradas melancólicas. “Ni un alma en la calle —murmura—. Vamos a dar un paseo”.

