Ardió Troya y Ulises se fue de crucero

Un 16 de abril de hace 3.200 años Ulises asesinó a los muchos pretendientes de Penélope que habían invadido su casa y rapiñado su hacienda. Diez años antes, en el 1188 antes de Cristo, nuestro héroe había participado en la destrucción de Troya. Se lo comenté a L., pensaba que se sorprendería por este alarde de precisión cronográfica, derivada del estudio científico de eclipses y otros detalles cósmicos que Homero deslizó en sus composiciones. Pero ella se limitó a asentir y dio un par de puntadas más; pensé que en esa tarea tal vez pudiera esperar mi regreso durante una larga década.

Homero narró en la Ilíada varios episodios de la guerra de Troya y posteriormente contó también las peripecias del regreso de Ulises a su hogar, Ítaca, en la Odisea: ardió Troya y Ulises se fue de crucero. En esta obra encontramos una forma de vida que, a pesar del tiempo trascurrido, nos resulta inquietantemente familiar: la constante presencia en la vida cotidiana del vino y del aceite, el pastoreo de cabras, las matanzas de cerdos, el trabajo agrícola… Pero también nos revela indicios del crepúsculo de una cultura cuyo último resplandor fue tan intenso como premonitorio: la de los reyes aqueos, que con Micenas como referencia dominaron buena parte del Mediterráneo durante decenios.

Sí, destruyeron Troya, pero su gran momento de gloria fue al mismo tiempo la confirmación de su decadencia. El empuje del Imperio hitita y la sempiterna potencia de Egipto causaron el colapso comercial y, por tanto, bélico y cultural del universo aqueo.

Ulises, rey de Ítaca, es uno de los principales caudillos aqueos que combaten en Troya. Cobra fama por su valentía y por su astucia, que es tanto como decir por su crueldad en el combate y por su carácter traicionero. Suya es la argucia del caballo de madera. De palabras fáciles y muy medidas, se cuenta con él en toda embajada diplomática. Es difícil distinguir en Homero su simpatía o su rechazo hacia los reyes aqueos. Por un lado canta la gloria de una cultura refinada y deslumbrante; por otro nos muestra sin disimulos las traiciones, la violación y el asesinato.

Esta actitud ambivalente la encontramos también en el papel de Penélope, personaje atrapado entre una ancestral sociedad matriarcal y el patriarcado que impusieron los aqueos cuando llegaron a Grecia.

En la Odisea se insiste una y otra vez en la fidelidad de Penélope, en su capacidad para llorar la ausencia del marido, y en sus afanes para preservar la hacienda de Ulises ante la rapiña de los pretendientes. Se insiste tanto que parece un intento por zanjar cualquier duda.

La Odisea es la mejor novela de aventuras que nunca se haya escrito. Siempre se está a tiempo de disfrutarla. Merece la pena especialmente en la edición en prosa —e ilustrada por el gran Calpurnio— de la editorial Blackie Books, colección Clásicos Liberados.