La terna pitagórica y Playa del Gato, por Salvador Rivas

La terna pitagórica y "Playa del Gato"

Un ángulo recto es el formado por dos sofás de desigual tamaño en un salón, asomados a una pantalla tangencialmente presente. La línea mágica de la pantalla forma la hipotenusa y los dos catetos se asientan sobre los cojines. Hay quien llama a estos tres elementos, con lirismo, terna pitagórica. Sobre el extremo del sofá mayor está encendida la lámpara de Ikea, apoyada en una impresora. Ilumina un ejemplar de la colección Manguta de Libros, sostenido por las manos de L., quien lee tumbada. Lleva unas semanas diseccionando las micronovelas. Bucea y compara. Emite esporádicos sonidos, cuya transcripción fonética es irrelevante. Tan solo señalo que abarcan un arco (esto es, un fragmento de circunferencia) desde el punto “interesada” al punto “risueña”. Sigue leyendo

De Playa del Gato a la plaza de la Merced en el año 1970, por Salvador Rivas

De "Playa del Gato" a la plaza de la Merced en el año 1970

El 3 de mayo de 2019 me engulló un cilindro de vistosos colores, cortado a lo largo por la mitad, y me trasladó a otra época, que no a otro sitio. Yo estaba allí para presentar mi micronovela Playa del Gato (Ediciones del Genal, 2017), junto a Jes Lavado como autora de San Miguel 2.0 y José Antonio Sau con La hora de Bud Spencer. Que son tres nuevos títulos de la Colección Manguta de Libros. Y lo hacíamos en el marco incomparable (con perdón) de la Feria del Libro de Málaga. O sea, en la plaza de la Merced. Que es uno de los Santos Lugares de mi infancia malagueña. Sigue leyendo

Chupitos de ironía en cada línea, por Salvador Rivas

Chupitos de ironía en cada línea

La uruguaya es una novela escrita y/o leída a ritmo de paso legionario

La autoficción es una plaga, cuando no un engaño. Vamos a ver, ¿qué obra literaria no es una ficción construida con jirones de la experiencia vital del autor? El simple hecho de escribirla, ¿no es ya un fragmento de su vida profundamente inserto en la obra? Así se lo decía yo a L. una mañana de sábado, con un libro entre las manos, el aroma del café caliente masajeando mi nariz y la boca medio llena. Estábamos en una cafetería luminosa con grandes ventanales, a través de ellos veíamos pasar a los transeúntes. Llevábamos tres días fuera de casa, cortando amarras con cuidado para poder volver a usarlas a la vuelta del puente. La autoficción, sí, vaya fastidio. Y yo miraba el libro, que había comprado a raíz de que, a causa de su muy bien lograda autoficción, el autor y su esposa habían tenido que organizar una barbacoa con sus amigos para desmentir que se hubieran separado. Porque escribes una novela y tus conocidos creen que todo te pasó a ti de verdad. Ni en las autobiografías ocurre eso.

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La ironía mató a Isaak Bábel, por Salvador Rivas

La ironía mató a Isaak Bábel

El autor soviético arroja a la cara en “Caballería roja”, con admirable concisión, la facilidad con que aflora la brutalidad en el ser humano

Fue pocas semanas antes de que cerraran nuestra cafetería de los desayunos del fin de semana. Creíamos que iba a durar para siempre. Nos cogió por sorpresa porque la relación era reciente. Poco más de dos años. Pero un sábado como otros pocos, con el periódico bajo el brazo, en vez de con el café nos encontramos con la persiana metálica echada, y un cartel que rezaba: Se traspasa. Yo le susurré a L.: “No puede ser… Aquí nada dura nada…”. Me miró asombrada: “Nos gustaba su tranquilidad, ¿qué esperabas?”. Pero pocas semanas antes, digo, aún podíamos unir dos mesas y desplegar el periódico sobre ellas, mancharlo de aceite e interrumpir continuamente la lectura del otro declamando párrafos subjetivamente interesantes. Una vez L. derramó el zumo de naranja sobre la sección de Internacional y nunca estuvo el mundo mejor vitaminado. Sigue leyendo

Felicidades, por Salvador Rivas

Felicidades

Relato ganador del XXII Certamen Literario Vigía de la Costa (Ayuntamiento de Benalmádena, 2018)

Giró la llave del buzón y dejó caer la portezuela. Entonces la vio. Recibir una carta se había convertido en una señal de alarma. Los buzones habían adquirido la cualidad de recipientes obsoletos, meros intermediarios entre la propaganda y la basura. Aparecían regularmente octavillas de prostíbulos domésticos, folletos a doble cara de novedades informáticas y, con periodicidad mensual, cuadernillos de doce páginas del descomunal supermercado de la esquina. Una carta era un imprevisto ante el que había que ser cauteloso. No recordaba en qué momento se cansó de las facturas indescifrables, de las notificaciones de pago a crédito y de los resúmenes fiscales de su única cuenta corriente. Lo puso todo en la modalidad de comunicación electrónica. Ahora las operaciones postales se limitaban a girar la llave, vaciar y tirar. Aquella carta… Una carta de un organismo oficial era un riesgo para el que no estaba preparado. Pero persistía allí, el clásico sobre con ventana, y asomándose a la ventana su dirección y su nombre: Arturo Román Donoso. Sólo unas pocas personas lo conocían. Para la inmensa mayoría era Arthur Stein, escritor de bestseller policíacos. En la misiva destacaba el emblema de la Dirección General para la Felicidad Social y la Calidad de Vida.

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Patrimonio histórico en vía muerta Salvador

Patrimonio histórico en vía muerta

El cese de la línea Fuente de Piedra-Granada por la construcción del AVE abre la posibilidad de establecer un pasillo verde hasta la Peña

La línea de ferrocarril entre Fuente de Piedra y Granada, que conectaba Antequera con esta capital, quedó fuera de servicio hace tres años, a causa de la construcción del AVE -a día de hoy inconclusa-, tras 141 años de historia. Se trata de un ramal de 122 kilómetros que enlazaba originalmente con la línea Málaga-Córdoba en Bobadilla, y que fue concluido en 1874. Junto a la Peña de los Enamorados, cuyo perfil rodea por su vertiente oriental, llegó a existir un apeadero, no muy alejado de la antigua cantera.

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Destellos, por Salvador Rivas

Destellos

Relato ganador del XVIII Certamen de Relatos de Amor “Dime que me quieres”

La claridad que perforaba la persiana dibujaba al carboncillo una silueta cónica, con la cúspide ligeramente redondeada. El cristalino del ojo izquierdo se acomodaba para enfocar la superficie rugosa, sobre la que se posaban las diminutas partículas de luz. La aureola sostenía el pezón erecto, que se erguía como un faro, acuchillando la penumbra y devolviendo los destellos a su origen. La mano izquierda sobre el pecho izquierdo de ella. El brazo derecho bloqueado bajo el peso del cuerpo. La cabeza apoyada en su hombro. El ojo derecho cegado por la cercanía. La sábana bosquejaba cercos de humedad.

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Bienvenidos a Caracho, por Salvador Rivas

Bienvenidos a Caracho

En los años 90 Antequera ofrecía mayores y más variadas posibilidades de ocio que en la actualidad. A ello contribuyó, sin duda alguna, la discoteca al aire libre Caracho, situada en la carretera del Valle de Abdalajís. Miles de personas se congregaban allí cada fin de semana, y eran frecuentes las actuaciones musicales y fiestas patrocinadas por importantes marcas comerciales. Pero algo pasó, no se sabe bien qué ni tampoco exactamente cuándo, y el apogeo de Caracho se diluyó en un lento e imparable declive.

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El legado, por Salvador Rivas

El legado

Relato finalista del XXVIII Premio de Narrativa Breve de la UNED 

El cartapacio asomó cuando ya casi toda la pared se había convertido en escombros. El tabique separaba el salón de la cocina. La carpeta estaba allí, sujeta entre la oculta estructura de madera de la vieja despensa, rebozada en restos de argamasa, piedra y ladrillos. Era una carpeta que en el momento de ser emparedada tenía un color azul apagado y que estaba cruzada por aquellas gomillas de fibras entrelazadas, negras y grises, que ahora se veían rotas, deshilachadas, blanquecinas. Sigue leyendo