Yo no escribo nunca reseñas literarias. Así se lo repetí a L. cuando me animó a hacerlo. “Y después me dejas el libro”. Cada Lunes de Aguas, de Juan Montiel. Claro que se lo dejaría. L. siempre me devuelve los libros que le presto. Incluso suelo tener varios en su casa y los voy leyendo poco a poco. Sé que están a salvo.
—Digo que nunca escribo reseñas.
—¿Y en el blog qué hay entonces? —L. esparció por la salita un ligero aroma de ironía.
—No deberías hablarme así. Recuerda que solo eres un personaje.
—Me han llamado muchas cosas en mi vida. Pero personaje, nunca.
—Personaje protagonista. Un personajón. Lo que el viento se llevó en formato monólogo.
Me incliné para besarla. Tardó unos segundos en corresponder, si se distraía el encaje de bolillos podía irse al traste. Lo de hacer punto y bordar como todo el mundo se le quedó corto muy pronto. Atajó hacia el patchwork, que dominó en menos tiempo de lo que tardaron los puritanos en rematar la travesía del Mayflower. Entonces se mudó al sashiko, ese bordado japonés cuyo nombre significa “pequeñas puñaladas”. Ya se sabe cómo son: si no hay metáforas sobre heridas de sable no están contentos. Continuó en Oriente con el origami, qué empacho de muñecos.
Y por fin, en un viaje a la Mancha, en pleno verano a 45 grados, nos refugiamos en una mercería de un pueblecito con la excusa de comprar un ovillo. Allí, al fondo de local, varios ventiladores aliviaban a un grupo de paisanas que hacían encaje de bolillos. Vio la luz. Cual conversa avanzó hacia el fanatismo.
—Calla, que me equivoco —me miró por encima de las gafas, con esos ojos divertidos a los que la naturaleza privó del lacrimal.
Yo no hago nunca reseñas literarias. Todo lo más, armo un trasto de historia y dentro digo descaradamente lo que me parece un libro. A L. le gusta pincharme. Opina que no escribo lo suficiente, y tiene razón. Pero no siempre llega una pandemia —con perdón y gran dolor de corazón— para que el teclado eche humo. El tiempo apresado en un piso. L. había adelantado su retiro laboral. Fichó por última vez una semana antes del fin del mundo. Cuando volvimos a salir nos dimos cuenta de que habíamos sido felices. Sí, una sensación muy triste.
Juan Montiel ha ganado nada menos que el Premio Aldecoa
Pero eso fue hace mucho. Ya ni me acuerdo de la canción aquella. Prefiero recordar los relatos de Cada Lunes de Aguas, de Juan Montiel, y además los tengo mucho más frescos. Es extraño leer un libro de un autor al que conoces personalmente. Yo siempre temo que me condicione la lectura. Que vuelva una página y se asome su rostro sobre la décimo cuarta línea, con disimulo, espiando mis reacciones. Cuando eso ocurre, el autor ni siquiera saluda, se cree que no me doy cuenta. Al menos podría hacerse el encontradizo.
Además, temo no estar a la altura. Porque este buen hombre —créanme, lo conozco, es un buen hombre— ha ganado nada menos que el Premio Aldecoa con este pedazo de libro —créanme, lo he tenido entre las manos, un bestseller abulta cinco veces más—. ¿Cómo me enfrento a este reto? Porque hace tiempo que pierdo facultades, seguramente por tanta pantalla y pantallita. Que si el móvil, que si la tableta, que si el ordenador. Que la tele ahora hay que verla a atracones. Que me llega un mensaje y todavía no me he maquillado. Que me entra una notificación y del respingo la cerveza del botellín entra en erupción.
Las pantallas han hecho de mis lecturas una ciénaga inhóspita. Llego a la penúltima línea y no me he enterado de nada. Reculo hasta el principio de la página, al poco bostezo, venga otro párrafo, y en la primera coma me descubro preguntándome qué foto subiré a las redes.
Cada Lunes de Aguas me ha salvado de las pantallas. Me ha devuelto mi estima como lector. Si hiciera una reseña diría que hace muchos años que no encontraba una prosa tan precisa y elegante, un vocabulario de una riqueza inusual y una maestría semejante para contar historias. Y, sobre todo, para hacer brotar lo que no se cuenta. Estos seis relatos me han dejado sobrecogido.
Pero yo nunca escribo reseñas literarias. Baste con explicar que el primer relato lo leí en el tren que me llevaba, un viernes por la tarde, a Granada. Y que el último lo devoré el domingo siguiente, por la mañana, en el tren que me devolvía a Antequera. De vez en cuando levantaba la vista y miraba por la ventana. El paisaje dejaba su rastro con una brocha sobre el cristal. Volvía al libro y temía que se acabara. Fue el fin de semana más interesante de los últimos años. Así que no era yo. Tampoco eran las pantallas. A ver si lo que pasaba es que no encontraba buena literatura.
—Oye, este libro es muy bueno —esperé unos segundos la respuesta.
—… Se lo dirás al muchacho —L. respondió sin mirarme.
Cada Lunes de Aguas, de Juan Montiel, reina ahora en la mesita de noche de L.

