En busca de la vacuna generacional


Suena el móvil, típica hora inoportuna en la que sabes te van a ofrecer que cambies de compañía telefónica. Contestas seria y con desgana dispuesta a rechazar la oferta con cierta amabilidad, no puedo dejar de pensar que tras esa voz hay alguien trabajando y merece un respeto. La persona, que no la compañía anunciante. Sí, dígame. Esa voz me pregunta si soy yo y me cita para vacunarme, segundos de sorpresa y algunos latidos de corazón acelerados.

Aún no he colgado el teléfono cuando con alegría se lo comunico a mi pareja. Inmediatamente, mensajes a mis grupos más íntimos de wasap. Respuestas instantáneas, tres iconos de manos aplaudiendo y preguntas: ¿Por qué a ti? ¿Es por edad? Somos de la misma quinta, ¿cuál es el criterio?

Me siento interrogada con cierta vehemencia, algo de nerviosismo envidioso intuyo. Mientras contesto sobre mi desconocimiento a esas preguntas que se me antojan existencialistas, voy siendo consciente que me asalta un cierto sentimiento de privilegio, un modo de suerte, una alegría. Y lo que más me inquieta: como que soy de otra categoría social, los vacunados.

Ya en cola el día de la gran cita, la espera es entretenida, dando lugar a algo que me apasiona: mis “fotos sociales”, escuchar, mirar a mi alrededor. Un pequeño repaso sociológico lo llamo yo, por otorgarle algo de categoría científica a sabiendas que no tiene ninguna. Encuentros entre compañeros de clase con los que, hace años, lo máximo que compartes es un saludo moviendo la cabeza si se produce un cruce casual en la calle, y de repente conversaciones amenas para ponerse al día.

Poco a poco mi observación me lleva a sentirme que pertenezco a una generación, sí, de acuerdo, y antes también, pero ha sido distinto. Me sentía alguien más entre las personas que propiciaron el cambio de dictadura a democracia, que posibilitaron una Constitución, poder votar, propiciar una revolución cultural y educativa… para pasar a un grupo social que ha asistido a la globalización y al cambio mundial a través de Internet.

Día a día, poco a poco, y cada cual a su manera, hemos ido entrando en ese patio de vecinos de Facebook, en las videollamadas a los nietos que dos generaciones después se han convertido también en emigrantes. En definitiva, subiendo la escalera de los cambios escalón a escalón, aceptando que Google nos tiene localizados en cada momento, que sabe qué consumimos y cuáles son nuestras preferencias. Pero bueno, al menos esto no es la China comunista donde todo el mundo está vigilado… Estamos lo mismo de fichados, solo que con menos yoga y menos estado zen.

Pero a lo que voy: de repente me siento incluida en una generación nueva, y tomo conciencia de por qué ahora sí. Es como que me hubiese pasado un camión por encima y me levanto como en los dibujos animados: plana, cual muñeco que el Día de los Inocentes colgábamos en las espaldas de los incautos.

Me toca ya el pinchazo, nos vemos de nuevo en junio. Al salir las personas que aguardan me miran con caras expectantes, sabes que quieren preguntarte, te dan ganas de decir que solo es un pinchacito de nada, pero ante tanta mirada comienzas a pensar si no es que has salido verde, con escamas y una cresta de colores tras la vacuna.

Esa Experiencia (con mayúscula, en efecto) me pone de cara frente al espejo, no del cuarto de baño, el espejo de mi conciencia. ¡Ha pasado un año ya! Recuerdo los aplausos desde el balcón en mi casa, la de tareas que emprendimos y luego hemos abandonado. Las noticias se me agolpan, no las políticas, esas me cansan ya como a la mayoría de los ciudadanos. Porque sobre todo no me responden a cuestiones como por qué, mientras hay colas del hambre, el negocio de la estética ha subido. Si me pilla el bicho, mejor que sea arreglada… Y se me agolpan las preguntas tras la ilusión de los aplausos, vecinos unidos y creando comunidad, cultura regalada a raudales, descifrando por fin las carencias de ese estado imaginario de protección social, la evidencia de que el peligro ya no está en que se apriete el botón rojo de los misiles sino en algo que aterra más, algo que no se ve. Lo dicho, que me he caído de boca.

Un año y, tras tantas novedades pasadas con penas y glorias, hemos desembocado en una sociedad crispada como hacía tiempo no veía, una sociedad a veces del absurdo más absoluto, ¿hemos vivido hasta ahora en una ficción?

Dudo sobre si los representantes de la política y los medios de comunicación reflejan a diario cómo nos sentimos, cómo vivimos la situación en cuanto sociedad, o si somos los ciudadanos quienes les marcamos la agenda diaria a ellos. Tengo mis dudas: más preguntas existencialistas.

Sigo leyendo artículos que reflexionan sobre ello, como me considero demócrata no me limito a aquellos que coinciden con mi pensamiento, mejor abrir la mente. ¡De repente, cuando creo que estoy encajando algunas piezas del puzle, me vuelvo a caer de boca! Una silla y un sofá crean una crisis diplomática, sí, lo sé, ahora aflora mi parte feminista. ¡Una crisis diplomática! ¿Pero nadie sabía a qué país se iba y de qué pelaje es el individuo que gobierna Turquía? No, pero es que ya se sabe que en esos países maltratan a las mujeres, lo de nosotras por aquí es otra cosa, como lo del control a la población en China.

Final del batiburrillo de reflexiones, me siento dentro de una generación debido a una vacuna, me ha pillado de golpe la globalización, me reafirmo en no entrar en los extremos de la polarización, me comprometo conmigo misma a seguir reflexionando, entender este año de mi vida y qué cambios ha producido en mí.