De espaldas al dintel aquella persona, a la que llamaremos “A.”, sintió en su piel la brisa fresca de la amanecida. Aún no había salido el sol, pero ya se abría paso en el cielo una claridad creciente. A su derecha brotarían los primeros rayos de luz solar. Aun así su mirada permanecía atenta al frente, intentando distinguir en la penumbra el perfil de la montaña mística, anclada a poco más de cinco kilómetros de distancia. En pocos minutos el mundo conocido volvería a contemplar, asombrado, las claras líneas de un gigantesco rostro humano, rigiendo el transcurso de la vida. Cuando el cielo se manchó de un tono rosado la Peña desveló de nuevo su presencia colosal. A los pies de A. el sol, el cielo, la montaña, el ciclópeo dintel… se reflejaron sobre las aguas tranquilas, salobres y quietas, de la laguna que cubría la que miles de años después sería conocida como la Vega de Antequera.
Para A. ver día tras día ese paisaje familiar, en el que cada elemento geográfico tenía un espacio definido y una función concreta, era un verdadero alivio. El río principal, que hoy conocemos como Guadalhorce, y los de menor curso, aseguraban la presencia de vegetación (abundantes pinares en las sierras, con manchas de alisos, fresnos y avellanos en la llanura) y de animales. Para los clanes seminómadas asentados alrededor de la laguna, más de medio centenar, un entorno estable era un seguro de vida. Y la mejor manera de blindar ese seguro era mantener satisfechas a las entidades sobrenaturales encarnadas en la Peña.
Las pequeñas comunidades que pasaban la mayor parte del año en los poblados de chozas circulares, cuando la caza, la ganadería, la recolección o las necesidades de los cultivos no les reclamaban en otros lugares de la comarca —siempre al alcance de la mirada de la montaña—, mantenían incipientes relaciones económicas desde hacía tiempo. De hecho ni siquiera recordaban que sus antepasados, muchas generaciones atrás, amurallaron precariamente sus asentamientos escarmentados por los ataques de los vecinos. Ahora intercambiaban pescado, grano, herramientas, jóvenes que esparcían una herencia común… Cuando la tierra, agradecida por las ofrendas, derramaba su fertilidad, el grano sobrante se almacenaba en pequeños y redondos silos, excavados dentro de cada cabaña.

Un objetivo común
Había que mantener el orden natural de la vida. ¿Qué mejor para merecer ese favor que ofrecer un regalo de todos los clanes, unidos para ganar el futuro? Hubo una gran asamblea, en la que hablaron las personas más notables, las más sabias de cada clan, y los guías espirituales. Todos debían colaborar. Éste fue el primer objetivo común de la población de la Vega. Y se pusieron a ello con el entusiasmo de cualquier primera vez.
La estatura de A. rondaba el 1,60 y su complexión no era especialmente vigorosa. Al cumplir la treintena su vida estaría casi agotada, debido al desgaste de las enfermedades y una alimentación que, si bien había progresado en aspectos técnicos, aún distaba mucho de cubrir satisfactoriamente las necesidades humanas. El grano y los animales domésticos permanecían todavía en una situación “silvestre”. Sí, se cultivaban cereales y se ordeñaba a las bestias, pero la productividad de las especies en uno y otro caso era infinitamente menor a la actual. Se molía el grano con piedras, de las que se desprendían partículas diminutas que se mezclaban con el alimento. Al masticarlo se recrudecía el deterioro de la dentadura. Sin dientes la nutrición, ya limitada, casi era una quimera. La supervivencia pendía de un hilo más robusto que en siglos anteriores. Pero seguía siendo un hilo.
La estatura de A. rondaba el 1,60 y su complexión no era especialmente vigorosa. Al cumplir la treintena su vida estaría casi agotada
En los poblados, que podemos suponer compuestos por unas cincuenta personas, se preparaban quesos y se aderezaba con hierbas la carne de los herbívoros que cazaban. Sus armas eran el arco, las flechas y las hachas, con la piedra pulimentada como principal material, pero ya con un incipiente uso de la metalurgia. Tanto para la caza como para otros usos, como demuestran algunos restos hallados de sierras de cobre. Pero este metal no se halla en la comarca, lo que implica algún tipo de comercio y transporte de mercancías. Aprovechaban las pieles para confeccionar prendas, y de entre los vegetales echaban mano del lino. Las cabañas se hacían con ramas que se recubrían de barro y estiércol. Se fabricaban recipientes de cerámica, incluso pintados y decorados. Es posible que en casos desesperados los sanadores practicaran un limitado repertorio de cirugía elemental.
Cantera
Se organizaron partidas de exploradores que posiblemente aprovecharon el invierno para localizar las canteras con las mejores y más accesibles rocas. Encontraron una situada a aproximadamente un kilómetro, en lo que actualmente es el Barrio de los Remedios. Puede que cuando mejoró un poco el tiempo, justo antes de la primavera, se extrajeran las losas. El poblado de A. bien pudo extenderse en una amplia superficie desde el Cerro Marimacho. La gente sabia y la que hablaba con los antepasados determinaron que ése era el punto de partida para erigir el regalo. Desde diversos lugares del poblado miraron hacia la Peña durante muchos días y muchas noches, con luna llena y con luna nueva, con el sol en lo más alto, en el amanecer y en el ocaso. Discutieron en susurros y se mantuvieron silenciosos. Al fin dijeron: se hará aquí. Y señalaron la choza que ocupaban A. y su familia. Para ellos fue un honor inesperado. La comunidad les proporcionó un nuevo alojamiento, mejor que el anterior. Además es posible que se abriera otro pozo de agua potable, porque el que usaba el poblado hasta ese momento quedaría dentro del recinto y tendría que ser cegado.

Todas las personas de todos los clanes participaron, de una forma u otra, en la construcción. Se allanó el terreno y se señaló el perímetro de la zanja en la que se insertarían las losas verticales. La roca se extrajo clavando en las grietas cuñas de madera y arrojando en su interior agua hirviendo. La zanja se excavó con estacas puntiagudas y astas de ciervo. Se levantaron rampas con tierra y piedras. Se trasladaron las losas colocándolas en estructuras de madera, que se asentaban en troncos de árboles desbastados, que a su vez rodaban sobre tablas que hacían las veces de raíles. Decenas de hombres y mujeres tiraban de cuerdas, y se relevaban por grupos cuando el cansancio los vencía. Desde lo más alto de las rampas aplicaban palancas, de forma que las gigantescas lajas cayeran de pie sobre la zanja. Así una y otra vez, hasta completar el perímetro.
Entonces se rellenó la zanja con la misma tierra de las rampas. Y lo que sobró, más nuevas aportaciones, se empleó también para rellenar lo que habría de ser el interior, después de colocar varios pilares: las losas de la cubierta se colocarían de una manera segura. La mayor pesaba 180 toneladas. Y una vez comprobado que descansaban perfectamente sobre los pilares, se retiraron las piedras y la tierra del interior. El último paso fue cubrir y apisonar el exterior, formando un túmulo. La entrada se selló con una gran losa, que sería retirada cuando lo requiriera la ocasión.
El resultado fue lo que unos 6.000 años después lleva por nombre el Dolmen de Menga, Patrimonio Mundial junto con los de Viera y El Romeral, más los elementos adicionales de la Peña de los Enamorados y El Torcal de Antequera. Para nosotros, personas del siglo XXI, Menga es un túmulo funerario prehistórico, de 50 metros de diámetro, extraordinariamente bien conservado. Las losas verticales se llaman ortostatos y las horizontales cobijas. Su estructura comprende atrio, corredor y cámara funeraria. La longitud total del dolmen es de 27,5 metros, con una anchura máxima de seis metros.
El dolmen tal vez fuera una ofrenda a las fuerzas espirituales que regían su mundo, a sus antepasados y a cuantos murieran en adelante
Para A., un ser humano de aquel presente, el dolmen tal vez fuera una ofrenda a las fuerzas espirituales que regían su mundo, a sus antepasados y a cuantos miembros de la comunidad —no ya un poblado, sino medio centenar— murieran en adelante. Porque serían sepultados allí. En efecto, Menga está perfectamente alineado con la Peña (la montaña sagrada, la deidad) y con pinturas rupestres situadas en un abrigo de la misma. Y también está la referencia de una zona de El Torcal abundante en cuevas, varias de ellas con presencia de pinturas en su interior (cuevas del Toro, de la Higuera o de la Pulsera). Realizadas en cualquier caso por los antepasados de los constructores de los dólmenes.
Dólmenes heterodoxos
Debido a su orientación, el dolmen de Menga es un megalito heterodoxo. La práctica totalidad de los dólmenes europeos se orientan hacia la salida del sol. Los descendientes de A. volvieron a la práctica canónica con Viera, en cuya cámara se adentra el sol del amanecer en los equinoccios. Y en generaciones posteriores, otros descendientes volvieron a apartarse de la norma con el dolmen del Romeral, pues éste se orienta hacia Menga y El Torcal. Antequera atesora, pues, no una sino dos excepciones antropológicas, y arquitectónicas, de enorme relevancia.

Puede que A. no fuera consciente de ello, pero es posible que erigir el Dolmen de Menga también constituyera un hito social. Pues se forjó una identidad común en torno a un objetivo que beneficiaba a todos cuantos participaron en su consecución. Y se instituyó un lugar de culto que, con el tiempo, atrajo a otros pobladores de puntos más lejanos de la comarca. Un enclave sagrado que se amplió con los dólmenes de Viera (construido hace aproximadamente 4.500 años) y del Romeral (unos 3.800 años de antigüedad) y que perduró durante milenios. Tanto es así que ese carácter funerario de los túmulos erigidos tiene su réplica contemporánea, a escasos metros, en el actual Cementerio Municipal. ¿Cabe mayor prueba de que somos lo que fuimos, de que la herencia cultural pervive agazapada de generación en generación, insinuando su existencia hasta que algún observador afortunado repara en ella? Y a ese golpe de la fortuna lo llamamos “descubrimiento”.
Precisamente esta época en que la Humanidad alumbraba las primeras grandes civilizaciones conocidas —el Calcolítico o Edad del Cobre—, es prolífica en descubrimientos e invenciones. Tal vez mientras A. contemplaba el reflejo de la Peña en la laguna salada de la Vega —de unos 80 kilómetros cuadrados de extensión y delimitada por huertos cercanos—, en Mesopotamia y Egipto otras personas empezaron a escribir en tablillas de arcilla y papiros, respectivamente. Es posible que al mismo tiempo que los clanes de la comarca se unían para construir Menga, en Ucrania otro clan se convirtiera en dominante gracias a que fue el primero que consiguió domesticar caballos. La familia de A. excavaba el silo de su nueva choza para almacenar el grano y no mucho antes, ni mucho después, la agricultura comenzó a extenderse por las Islas Británicas y Escandinavia.
Lo que estaba sucediendo en torno al ser humano era el nacimiento de una sociedad compleja
Cuando A. aplicaba todo su esfuerzo a tirar de las cuerdas trenzadas para arrastrar las grandes losas extraídas de la cantera, las comunidades asentadas en torno a los ríos Tigris y Éufrates vieron circular los primeros vehículos con ruedas, posiblemente rudimentarios carros tirados por bueyes. Y los habitantes de Creta no lo sabían, pero contemplaban los albores de la civilización minoica. En el Mediterráneo la erección de megalitos comenzaba a ser frecuente.
Lo que estaba sucediendo en torno al ser humano era el nacimiento de una sociedad compleja, con variedad de recursos. que aún pervive en nosotros: agraria y ganadera (fijando a la población en asentamientos estables), industrial (fabricación de objetos), comercial (intercambio de productos), ideológicamente avanzada (cultos sagrados sólidamente arraigados)… Los primeros balbuceos de una criatura aparentemente indefensa ante su entorno, pero que varios milenios después domina el planeta y, quién sabe, puede que acabe con él. Pero ésa es otra historia. Hoy nos quedamos con A., que observa con asombro el reflejo de la luz y de la Peña en la laguna de la Vega, de espaldas al gran dintel de Menga.
Este texto fue publicado originalmente en la revista La Zaranda de Cartaojal —dirigida por Juan Carrégalo—, número 28, abril de 2019.

