La revolución a los 65 años

Cuando me invitaron a compartir este espacio bloguero —La Stoa—, cosa que agradecí, pensé que los más allegados podrían ya estar inmunizados de mis reflexiones. Bueno, son décadas expresándolas… En esta ocasión me siento en esta pequeña plaza pública para decir que me han condenado: me han echado un año y dos meses más para jubilarme. ¡Sorpresa: ya hablo de jubilación! Y luzco, cual vestido que estrenábamos el Domingo de Ramos, los 65 años que cumplo.

Esa es la vacuna de verdad que me hizo entrar en mi generación —pero ojo, con alegría—, no soy de las que piensan en tener menos edad. Qué pereza dan esos bucles mentales juveniles, con la tranquilidad reflexiva que tengo ahora y la alegría de seguir teniendo mi gen revolucionario, protestón y crítico.

A lo que voy, que cada vez tengo más amistades en época de jubilación y… resulta que no nos gustan los juegos de mesa. Voy a disponer de ocho horas al día para planificar mi agenda personal, mi cabeza se llena de proyectos para emprender, ¿pero dónde? ¿Con quién? ¿Qué cosas hay a mi alrededor? ¿Qué vamos a hacer con ese tiempo? Además de viajar, claro que es en lo que todos pensamos.

Me siento afortunada porque, además de jubilarme, creo que puedo disfrutar sin apuros de este nuevo tiempo. De repente aflora mi gen social, siento horror de cuánta gente no puede hacerlo, cuántos mayores en soledad y sin recursos han aflorado tras la pandemia. Hasta ahora solo eran visibles en las olas de frio y calor, se hacían presentes en los telediarios por su abandono y su muerte.

Ese pensamiento ha debido quedar tatuado en mí cuando me voy a la cama. Porque despierto sobresaltada y recordando. He tenido un sueño, que me perdone Martin Luther King, pero no es como el sueño con el que provocó una revolución social, el mío más que sueño ha sido una pesadilla: me encontraba en una sala sentada y encadenada en una silla, en el escenario un atril vacío y un gran atrezo de fondo, todo muy digital y con luces.

La gente de mi alrededor se levantaba entusiasmada aplaudiendo , música, fanfarrias, flases de cámaras y sale al escenario alguien, no le pongo cara, no le pongo sexo, pero habla, grita, a veces baja el tono, dice que si no sé quién no le vota los presupuestos no sé qué cosa, que si no se sientan a hablar por su culpa, que si tú privatizas, que si hay una bajada de impuestos y otros no, que vale que se bajen, que si mi tierra tiene menos dinero que la de no sé quién, que para libertad la que yo doy… No sigo que me estoy agobiando de nuevo.

Antequera cruce de caminos, ciudad milenaria, cuna de artistas y escuelas literarias, con espacios para la cultura, venga, manos a la obra, me arremango que hay que hacer muchas cosas por ejemplo…

Cuando por fin logro desencadenarme y me levanto del asiento, salgo a la calle corriendo. Oigo de fondo los aplausos y los gritos, sigo sin definir caras y en esas voy cuando ¡joder! me acabo de dar en la espinilla con una silla de una de las terrazas que invaden el espacio público. No tenía por dónde pasar porque había un coche atravesado en la acera. Despierto, qué alivio y qué mal cuerpo. El café y el mollete me ayudará a recomponerme y a continuar con la alegría de la jubilación y los proyectos pendientes.

Resulta que ya estoy bien despierta pero parece que continúo en la pesadilla, los titulares y noticias de prensa me gritan igual, me dicen lo mismo. Venga Ana venga, me digo, vuelve al pensamiento positivo que si no te envenenas. Tranquilidad, Ana, estás en Antequera cruce de caminos, ciudad milenaria, cuna de artistas y escuelas literarias, con espacios para la cultura, venga, manos a la obra, me arremango que hay que hacer muchas cosas por ejemplo… bueno si no tengo… o tal vez pueda ir… De nuevo la pesadilla pero ya súper despierta, el café me ha hecho efecto.

No, la verdad es que no tengo muchas propuestas Institucionales, o sea desde lo público, la verdad es que tengo más titulares y videos anunciantes de algo que además no se riega y se seca.

Sin esperanza casi en que la política (tan denostada) me apunte algún camino, alguna oportunidad, convencida de que depende cada vez más de nosotros, me pongo ya a planificar qué espacios, qué actividades, con quién compartirlas y cómo organizar una nueva revolución social y cultural a partir de los 65, y que no me sienta reclamada solo para ser vacunada de los primeros, tener la tarjeta de descuento en Renfe, algún que otro servicio y los viajes programados.

¿Qué me decís, os apuntáis? Que luego no quiero los llantos de que “es que como no hay nada”… Se admiten jóvenes, siempre aportan una nota algo anárquica que ayuda a mantener la mente abierta y activa.

¡Venga, a por la cobertura social, a por la cultura!