De espaldas al dintel aquella persona, a la que llamaremos “A.”, sintió en su piel la brisa fresca de la amanecida. Aún no había salido el sol, pero ya se abría paso en el cielo una claridad creciente. A su derecha brotarían los primeros rayos de luz solar. Aun así su mirada permanecía atenta al frente, intentando distinguir en la penumbra el perfil de la montaña mística, anclada a poco más de cinco kilómetros de distancia. En pocos minutos el mundo conocido volvería a contemplar, asombrado, las claras líneas de un gigantesco rostro humano, rigiendo el transcurso de la vida. Cuando el cielo se manchó de un tono rosado la Peña desveló de nuevo su presencia colosal. A los pies de A. el sol, el cielo, la montaña, el ciclópeo dintel… se reflejaron sobre las aguas tranquilas, salobres y quietas, de la laguna que cubría la que miles de años después sería conocida como la Vega de Antequera. Sigue leyendo
