“La vida privada en Rusia ha muerto”, decía el temible bolchevique Strelnikov —la cara hendida por la huella de un sable zarista— ante un turbado doctor Zhivago. Yo contenía la respiración, a riesgo de morir asfixiado durante las tres horas y cuarto de la película. La última palabra se quedó flotando como una pompa de jabón, “… muerto … muerto…” Pero era otra voz, no la de mi atormentado bolchevique, sino la de L. “¿Me escuchas? Que digo que en este pueblo las plazas públicas han muerto”. Para entonces Zhivago había sido devuelto, ileso, al vagón de ganado en el que viajaba hacia los Urales. Sigue leyendo
