Acumulación de colores en el río Tinto

El río Tinto devora el cielo

No hay manera de despegar los ojos del suelo. Inclina la cerviz, sí, y muéstrate humilde. Cobre azufre hierro —así, sin comas— azul amarillo rojo. Guijarros piedras rocas —con pinturas de guerra— barro seco agrietado. Sobre una roca lisa en la cúspide L. leía un libro en el móvil. Cubría su cabeza con un sombrero de mimbre y la sombra del ala ancha cobijaba su cara. Tumbada, su cuerpo se inclinaba ligeramente sobre la fina lámina de agua, intensa como la sangre. Bien pudiera ser una víctima propiciatoria sobre el altar del sacrificio. El río Tinto era un imán que anclaba la vista, devoraba el cielo y lo borraba de nuestros sentidos. Pero yo me escabullía, sabía que había algo más, y de repente vi emerger del agua aquella pequeña bola de fuego. Sigue leyendo

Trances de muerte para María Zambrano

Trances de muerte para María Zambrano

Ella aún no lo sabía, pero su mala salud de hierro resistió el desgaste de la vida durante 87 años. Atravesó, triunfante, trances de muerte y la Muerte, rencorosa, se cebó alrededor. ¿Qué son las cosas? ¿Por qué no sabemos? ¿Qué nos falta? Son las preguntas esenciales, y por tanto trágicas. Los años veinte… Locos, felices. Tal vez en otro lugar, que es tanto como decir en otro tiempo, o tal vez en otra persona a la que jamás conocerá. Años veinte, sentada ante el escritorio, corresponsal pertinaz. Porque él no está. Puede que sea ella misma la que no esté. Escribe para tenerlo junto a sí, para retener los momentos tasados en que pueden acariciarse, reír, herirse. Sigue leyendo

Ventajas de las pocas luces

Ventajas de las pocas luces

Le mandé un mensaje al móvil: “Estás en el encuadre”. Pero el oleaje sometía a L. a una profunda sesión de hipnosis, sentada sobre el pedregal salpicado de basalto. El acantilado tomaba la forma de las viseras de los estadios, combinaba tonos claros y oscuros, y acuchillaba el mar hasta hacerlo sangrar. A través del visor destacaban el polar magenta y el musgo verde. La llamé, uno dos tres timbrazos. L. reaccionó metiendo la mano en el bolsillo. Entonces colgué. Golpeó la pantalla con el índice, varias veces. Me miró, se levantó y avanzó hacia mí. En el visor el mar sangraba con una espuma blanca, sedosa y dócil. En mis ojos las olas golpeaban con violencia, veloces bajo el sol del mediodía. Coloqué ante el objetivo un filtro aún más oscuro. “Ventajas de las pocas luces”, pensé.

Sigue leyendo

Una pareja de ancianos dándose la espalda en un sofá, por Salvador Rivas

Una pareja de ancianos dándose la espalda en un sofá

La primera imagen que tuve del protagonista fue la de una cámara de seguridad situada en el ángulo superior entre dos paredes. Él estaba de espaldas, con la camisa arremangada. A su izquierda una mujer atendía un mostrador y, ante sí, había una puerta. Yo veía la escena en blanco y negro; la imagen oscilaba ligeramente, como en un monitor antiguo. Al fin el protagonista daba un paso hacia la puerta, cabizbajo.

Sigue leyendo

Felicidades, por Salvador Rivas

Felicidades

Relato ganador del XXII Certamen Literario Vigía de la Costa (Ayuntamiento de Benalmádena, 2018)

Giró la llave del buzón y dejó caer la portezuela. Entonces la vio. Recibir una carta se había convertido en una señal de alarma. Los buzones habían adquirido la cualidad de recipientes obsoletos, meros intermediarios entre la propaganda y la basura. Aparecían regularmente octavillas de prostíbulos domésticos, folletos a doble cara de novedades informáticas y, con periodicidad mensual, cuadernillos de doce páginas del descomunal supermercado de la esquina. Una carta era un imprevisto ante el que había que ser cauteloso. No recordaba en qué momento se cansó de las facturas indescifrables, de las notificaciones de pago a crédito y de los resúmenes fiscales de su única cuenta corriente. Lo puso todo en la modalidad de comunicación electrónica. Ahora las operaciones postales se limitaban a girar la llave, vaciar y tirar. Aquella carta… Una carta de un organismo oficial era un riesgo para el que no estaba preparado. Pero persistía allí, el clásico sobre con ventana, y asomándose a la ventana su dirección y su nombre: Arturo Román Donoso. Sólo unas pocas personas lo conocían. Para la inmensa mayoría era Arthur Stein, escritor de bestseller policíacos. En la misiva destacaba el emblema de la Dirección General para la Felicidad Social y la Calidad de Vida.

Sigue leyendo

Destellos, por Salvador Rivas

Destellos

Relato ganador del XVIII Certamen de Relatos de Amor “Dime que me quieres”

La claridad que perforaba la persiana dibujaba al carboncillo una silueta cónica, con la cúspide ligeramente redondeada. El cristalino del ojo izquierdo se acomodaba para enfocar la superficie rugosa, sobre la que se posaban las diminutas partículas de luz. La aureola sostenía el pezón erecto, que se erguía como un faro, acuchillando la penumbra y devolviendo los destellos a su origen. La mano izquierda sobre el pecho izquierdo de ella. El brazo derecho bloqueado bajo el peso del cuerpo. La cabeza apoyada en su hombro. El ojo derecho cegado por la cercanía. La sábana bosquejaba cercos de humedad.

Sigue leyendo

El legado, por Salvador Rivas

El legado

Relato finalista del XXVIII Premio de Narrativa Breve de la UNED 

El cartapacio asomó cuando ya casi toda la pared se había convertido en escombros. El tabique separaba el salón de la cocina. La carpeta estaba allí, sujeta entre la oculta estructura de madera de la vieja despensa, rebozada en restos de argamasa, piedra y ladrillos. Era una carpeta que en el momento de ser emparedada tenía un color azul apagado y que estaba cruzada por aquellas gomillas de fibras entrelazadas, negras y grises, que ahora se veían rotas, deshilachadas, blanquecinas. Sigue leyendo

Azul, por Salvador Rivas

Azul

Relato finalista del XXVII Premio de Narración Breve de la UNED

Era un azul tornadizo. Lo miraba a los ojos y siempre me sorprendía su tonalidad. Cambiaba conforme avanzaba el día. Variaba del claro al oscuro dependiendo del sol intenso, de las nubes atormentadas o del crepúsculo gélido. Sus pigmentos se alteraban si se ponía nervioso, cuando negaba que me quisiera y en las horas de miedo. Yo era una niña de quince años aferrada a una huidiza esperanza azul. Creía que si tenía fe el mundo se derrumbaría sobre cualquier otra persona. Como mi vecino Hans, por sus torpes faltas de ortografía. Tal vez caería a plomo para sepultar a Ilse, la hija del panadero, que se burlaba de mí con su cara redonda cuando me veía en la cola del racionamiento. Seguro que los escombros lloverían del cielo para golpear al señor Jawer, el alcalde, siempre jadeante, tan infeliz, tan colérico.

Sigue leyendo

La esquela por Salvador Rivas

La esquela

Relato finalista del Certamen “Dime que me quieres” 2013 (Ayuntamiento de Málaga)

Este relato está basado en personas y acontecimientos reales. Se han respetado los fragmentos textuales de la historia localizados a través de Internet, cambiando fechas, lugares y nombres para proteger la identidad de sus protagonistas Sigue leyendo