Acumulación de colores en el río Tinto

El río Tinto devora el cielo

No hay manera de despegar los ojos del suelo. Inclina la cerviz, sí, y muéstrate humilde. Cobre azufre hierro —así, sin comas— azul amarillo rojo. Guijarros piedras rocas —con pinturas de guerra— barro seco agrietado. Sobre una roca lisa en la cúspide L. leía un libro en el móvil. Cubría su cabeza con un sombrero de mimbre y la sombra del ala ancha cobijaba su cara. Tumbada, su cuerpo se inclinaba ligeramente sobre la fina lámina de agua, intensa como la sangre. Bien pudiera ser una víctima propiciatoria sobre el altar del sacrificio. El río Tinto era un imán que anclaba la vista, devoraba el cielo y lo borraba de nuestros sentidos. Pero yo me escabullía, sabía que había algo más, y de repente vi emerger del agua aquella pequeña bola de fuego. Sigue leyendo

Rascar el cielo en Nueva York

Rascar el cielo en Nueva York

Conocer las vistas desde el Empire State Building es imprescindible para demostrar que se ha visitado Nueva York. Las imágenes más clásicas y románticas de la ciudad tienen allí su hogar. Merece la pena permanecer largos minutos en la cola y pasar los controles de seguridad. Cuando miras y te das cuenta de que, efectivamente, puedes rascar el cielo, se agradece cualquier espera. Los sentidos se agudizan y la vista registra a velocidad de vértigo imágenes para el recuerdo. Como la que durante unos breves segundos protagonizó un joven que, en su silueta, encarnaba todo un cliché: mochilero con la visera de la gorra vuelta del revés, observando la inmensa capital del mundo. Un observador que, a su vez, era observado por mí. Se detuvo el tiempo justo para apretar el disparador; entonces se giró y se fue. Agradecí profundamente al arquitecto del edificio, William F. Lamb, el retranqueo y la cisura de la fachada, elementos que facilitan ser origen y destino de múltiples puntos de vista. La fotografía está tomada en septiembre de 2017.

Ventajas de las pocas luces

Ventajas de las pocas luces

Le mandé un mensaje al móvil: “Estás en el encuadre”. Pero el oleaje sometía a L. a una profunda sesión de hipnosis, sentada sobre el pedregal salpicado de basalto. El acantilado tomaba la forma de las viseras de los estadios, combinaba tonos claros y oscuros, y acuchillaba el mar hasta hacerlo sangrar. A través del visor destacaban el polar magenta y el musgo verde. La llamé, uno dos tres timbrazos. L. reaccionó metiendo la mano en el bolsillo. Entonces colgué. Golpeó la pantalla con el índice, varias veces. Me miró, se levantó y avanzó hacia mí. En el visor el mar sangraba con una espuma blanca, sedosa y dócil. En mis ojos las olas golpeaban con violencia, veloces bajo el sol del mediodía. Coloqué ante el objetivo un filtro aún más oscuro. “Ventajas de las pocas luces”, pensé.

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Ninguna mirada se cruza con otra

Ninguna mirada se cruza con otra

No sabría decir cuántas posibilidades existen de que haya seis personas en una foto y ni una sola de ellas observe a cualquiera de las demás. Ninguna mirada se cruza con otra. No, no es un efecto de la pandemia, no hay mascarillas y en la clara distancia “de seguridad” no hay la más mínima preocupación por la seguridad. Pero un narrador homologado no debe ocultar información al lector, se truncaría una relación que debe ser de absoluta confianza. Así que desvelemos que la fotografía fue tomada en septiembre de 2017, en la High Line de Nueva York, y más concretamente en las gradas de la calle 23.

La High Line es un antiguo trazado ferroviario de casi dos kilómetros y medio de longitud, reconvertido en “vía verde”. Los viandantes —nunca mejor llamados así— pasean a varios metros de altura entre jardines, fuentes, algún vetusto edificio de rancia filiación neoyorquina y deslumbrantes rascacielos. Junto al mercado de Chelsea está uno de sus accesos, y allí se encuentra el anfiteatro de la calle 17, donde cómodamente sentados y a través de un cristal los curiosos contemplan, a sus pies, el trajín del tráfico en la 10ª avenida.

Pero volvamos a la imagen. Dos de sus protagonistas están absortos en sus teléfonos móviles, otras dos llevan gafas de sol y miran hacia su derecha, un hombre hace ejercicio y una mujer, algo más apartada, tiene unos auriculares prendidos en sus orejas y lee un libro.

La figura que domina el centro es una mujer canosa y, efectivamente, protege sus ojos con lentes oscuras. La mochila sujeta a la espalda y el plano —¿es un plano?— entre sus manos la delatan: es una turista. Luce media sonrisa, pero sin chispa, sin duda algo cansada por el desgaste de una jornada de recorrido por Manhattan.

Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje

Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje. Pero en todo relato —fotográfico en este caso— hay una mano negra que mueve los hilos, que se oculta bajo múltiples apariencias para hacer y deshacer a su antojo. El villano —pues villano se ha de ser para no dar la cara— es el autor.

Desconocemos la apariencia del autor de la imagen, por qué eligió ese encuadre y no otro, cuál es la razón de que una determinada figura ocupe el centro y las demás orbiten a su alrededor. ¿Hizo una sola instantánea o fueron varias? Si fueron varias, ¿por qué esta y no otra? Una vez elegida, ¿por qué la editó en blanco y negro, descartando el resto de tonalidades?

La narrativa y la lectura —Jano Bifronte, Cástor y Pólux, Rómulo y Remo: pares inseparables— están preñadas de preguntas, y las respuestas varían de lector en lector, en el mismo lector según el día y el estado de ánimo, cuando dos lectores se encuentran e intercambian impresiones. Leer una foto es como leer un libro, interpretar las imágenes equivale a componer palabras. Tal vez más de una persona lea este texto y esta fotografía, y quiera completar su propia narración.