El río Tinto devora el cielo

No hay manera de despegar los ojos del suelo. Inclina la cerviz, sí, y muéstrate humilde. Cobre azufre hierro —así, sin comas— azul amarillo rojo. Guijarros piedras rocas —con pinturas de guerra— barro seco agrietado. Sobre una roca lisa en la cúspide L. leía un libro en el móvil. Cubría su cabeza con un sombrero de mimbre y la sombra del ala ancha cobijaba su cara. Tumbada, su cuerpo se inclinaba ligeramente sobre la fina lámina de agua, intensa como la sangre. Bien pudiera ser una víctima propiciatoria sobre el altar del sacrificio. El río Tinto era un imán que anclaba la vista, devoraba el cielo y lo borraba de nuestros sentidos. Pero yo me escabullía, sabía que había algo más, y de repente vi emerger del agua aquella pequeña bola de fuego.

Ah, me dije, es el sol tras un velo. No no no, me corregí, es un sol, una estrella distinta en un sistema planetario distinto, envuelto en una nebulosa, y asoma entre cadenas montañosas jamás contempladas por un ser humano. Así que debía dejar testimonio de aquella primera mirada, registrar el documento y enviarlo sin demora. Comencé a desplegar los instrumentos pero aquel chasquido me sobresaltó. Algo iba mal muy mal terriblemente mal.

—Joé no me lo puedo creer…

L. dirigió hacia mí sus gafas de sol polarizadas, me vi reflejado en los cristales curvos, deforme como un pez globo, y leí sus pensamientos qué barbaridad, sí que se pone intensito cuando hace fotos, da gusto mirarlo con esa cara de concentración, con esos gestos salpicados de quejidos, gruñidos y gemidos.

El sol se refleja sobre el río Tinto
El sol se refleja sobre el río Tinto. ©S.R.

Un chasquido funesto. Algo saltó de la tercera pata del trípode y aterrizó sobre la canica de fuego. Con mucho cuidado hice pinza con el pulgar y el índice, los introduje en el agua, que ni siquiera cubría la primera falange, y saqué la pequeña pieza sin dejar la más mínima huella en las grietas diminutas del fondo.

El bloqueo de la palanca del tramo inferior de la tercera pata del trípode había volado por los aires. Lo sabía, sabía que algo iba a pasar, no podía dejar las cosas para mañana y mañana para pasado mañana. Un día y otro no tenía tiempo, y la arena —arena y salitre— de Cabo de Gata estaba allí desde febrero, en cada junta del trípode, dándose el placer de sabotear los engarces y desgastando el endeble mecanismo. Lo sabía.

—Madre mía estoy jodido y es el primer día.

Esas fueron mis palabras, aunque yo en la mente tenía la imagen de las nereidas desconsoladas ante el cadáver de Aquiles. Esta vez L. siguió leyendo sin la menor perturbación. Me concentré en el problema. Ese tramo inferior estaba suelto, sí. Pero si no lo desplegaba en ninguna de las tres patas podía utilizar el trípode sin ninguna dificultad: el tope sería el propio suelo. Perdía una altura que normalmente no era imprescindible.

Concentración de minerales en el entorno del río Tinto. ©S.R.
Concentración de minerales en el entorno del río Tinto. ©S.R.

Respiré hondo, nivelé la cámara y volví a poner en su sitio aquel sol alienígena en una nebulosa hostil. Me olvidé del cielo, no quería ni un gramo de cielo liso, soso, pálido y aburrido en comparación con las texturas, formas y colores del suelo que envolvía mis pies, que envolvía las patas del trípode, que contenía el agua roja y los canales azules, las burbujas amarillas y la arenisca —mutante— del gris al magenta. El suelo que sostenía el roquedal. Debía mantener el cielo alejado, más allá de la nebulosa. El cielo eran Sansón encadenado, inerme, insustancial. Privado de su fortaleza. Pero ay si aparecía en escena, con su orgullo herido derribaba las columnas del palacio filisteo y hacía añicos cualquier foto.

Pulsé el disparador una dos tres veces y un par de cientos de veces más. Cadmio manganeso potasio. Horas después, en la recepción del hostal, pregunté si tenían cinta aislante. Hice, confiado, la primera serie de fotografías, sin mayor preocupación. Apertura velocidad sensibilidad. No, no había cinta aislante, ah pero sí que había fixo, y hasta me alegré. La primera serie está hecha, llegó el momento de cambiar la localización. Metí la cámara en la mochila. Levanté el trípode. El tramo herido se deslizó hasta el suelo con el siseo de una serpiente. Tendría que llevar el trípode patas arriba. Seguro que en el hostal tienen cinta aislante, se me ocurrió. Oh fixo estupendo ¡doy gracias al cielo!

Las imágenes que acompañan este relato han sido tomadas en el transcurso del taller fotográfico impartido por Peter Manschot en el río Tinto, entre el 28 de abril y el 1 de mayo de 2023