No sabría decir cuántas posibilidades existen de que haya seis personas en una foto y ni una sola de ellas observe a cualquiera de las demás. Ninguna mirada se cruza con otra. No, no es un efecto de la pandemia, no hay mascarillas y en la clara distancia “de seguridad” no hay la más mínima preocupación por la seguridad. Pero un narrador homologado no debe ocultar información al lector, se truncaría una relación que debe ser de absoluta confianza. Así que desvelemos que la fotografía fue tomada en septiembre de 2017, en la High Line de Nueva York, y más concretamente en las gradas de la calle 23.
La High Line es un antiguo trazado ferroviario de casi dos kilómetros y medio de longitud, reconvertido en “vía verde”. Los viandantes —nunca mejor llamados así— pasean a varios metros de altura entre jardines, fuentes, algún vetusto edificio de rancia filiación neoyorquina y deslumbrantes rascacielos. Junto al mercado de Chelsea está uno de sus accesos, y allí se encuentra el anfiteatro de la calle 17, donde cómodamente sentados y a través de un cristal los curiosos contemplan, a sus pies, el trajín del tráfico en la 10ª avenida.
Pero volvamos a la imagen. Dos de sus protagonistas están absortos en sus teléfonos móviles, otras dos llevan gafas de sol y miran hacia su derecha, un hombre hace ejercicio y una mujer, algo más apartada, tiene unos auriculares prendidos en sus orejas y lee un libro.
La figura que domina el centro es una mujer canosa y, efectivamente, protege sus ojos con lentes oscuras. La mochila sujeta a la espalda y el plano —¿es un plano?— entre sus manos la delatan: es una turista. Luce media sonrisa, pero sin chispa, sin duda algo cansada por el desgaste de una jornada de recorrido por Manhattan.
Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje
Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje. Pero en todo relato —fotográfico en este caso— hay una mano negra que mueve los hilos, que se oculta bajo múltiples apariencias para hacer y deshacer a su antojo. El villano —pues villano se ha de ser para no dar la cara— es el autor.
Desconocemos la apariencia del autor de la imagen, por qué eligió ese encuadre y no otro, cuál es la razón de que una determinada figura ocupe el centro y las demás orbiten a su alrededor. ¿Hizo una sola instantánea o fueron varias? Si fueron varias, ¿por qué esta y no otra? Una vez elegida, ¿por qué la editó en blanco y negro, descartando el resto de tonalidades?
La narrativa y la lectura —Jano Bifronte, Cástor y Pólux, Rómulo y Remo: pares inseparables— están preñadas de preguntas, y las respuestas varían de lector en lector, en el mismo lector según el día y el estado de ánimo, cuando dos lectores se encuentran e intercambian impresiones. Leer una foto es como leer un libro, interpretar las imágenes equivale a componer palabras. Tal vez más de una persona lea este texto y esta fotografía, y quiera completar su propia narración.

