No hay manera de despegar los ojos del suelo. Inclina la cerviz, sí, y muéstrate humilde. Cobre azufre hierro —así, sin comas— azul amarillo rojo. Guijarros piedras rocas —con pinturas de guerra— barro seco agrietado. Sobre una roca lisa en la cúspide L. leía un libro en el móvil. Cubría su cabeza con un sombrero de mimbre y la sombra del ala ancha cobijaba su cara. Tumbada, su cuerpo se inclinaba ligeramente sobre la fina lámina de agua, intensa como la sangre. Bien pudiera ser una víctima propiciatoria sobre el altar del sacrificio. El río Tinto era un imán que anclaba la vista, devoraba el cielo y lo borraba de nuestros sentidos. Pero yo me escabullía, sabía que había algo más, y de repente vi emerger del agua aquella pequeña bola de fuego. Sigue leyendo
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Trances de muerte para María Zambrano
Ella aún no lo sabía, pero su mala salud de hierro resistió el desgaste de la vida durante 87 años. Atravesó, triunfante, trances de muerte y la Muerte, rencorosa, se cebó alrededor. ¿Qué son las cosas? ¿Por qué no sabemos? ¿Qué nos falta? Son las preguntas esenciales, y por tanto trágicas. Los años veinte… Locos, felices. Tal vez en otro lugar, que es tanto como decir en otro tiempo, o tal vez en otra persona a la que jamás conocerá. Años veinte, sentada ante el escritorio, corresponsal pertinaz. Porque él no está. Puede que sea ella misma la que no esté. Escribe para tenerlo junto a sí, para retener los momentos tasados en que pueden acariciarse, reír, herirse. Sigue leyendo
Las plazas públicas han muerto
“La vida privada en Rusia ha muerto”, decía el temible bolchevique Strelnikov —la cara hendida por la huella de un sable zarista— ante un turbado doctor Zhivago. Yo contenía la respiración, a riesgo de morir asfixiado durante las tres horas y cuarto de la película. La última palabra se quedó flotando como una pompa de jabón, “… muerto … muerto…” Pero era otra voz, no la de mi atormentado bolchevique, sino la de L. “¿Me escuchas? Que digo que en este pueblo las plazas públicas han muerto”. Para entonces Zhivago había sido devuelto, ileso, al vagón de ganado en el que viajaba hacia los Urales. Sigue leyendo
