Le mandé un mensaje al móvil: “Estás en el encuadre”. Pero el oleaje sometía a L. a una profunda sesión de hipnosis, sentada sobre el pedregal salpicado de basalto. El acantilado tomaba la forma de las viseras de los estadios, combinaba tonos claros y oscuros, y acuchillaba el mar hasta hacerlo sangrar. A través del visor destacaban el polar magenta y el musgo verde. La llamé, uno dos tres timbrazos. L. reaccionó metiendo la mano en el bolsillo. Entonces colgué. Golpeó la pantalla con el índice, varias veces. Me miró, se levantó y avanzó hacia mí. En el visor el mar sangraba con una espuma blanca, sedosa y dócil. En mis ojos las olas golpeaban con violencia, veloces bajo el sol del mediodía. Coloqué ante el objetivo un filtro aún más oscuro. “Ventajas de las pocas luces”, pensé.
—¿Vas a levantarte para hacer el amanecer?
L. se volvió hacia mí y me dio a probar la ensalada. Le ofrecí hamburguesa. Claro, no iba a desaprovechar el fin de semana, estaba allí para hacer fotos. Y las mejores horas son, siempre, el amanecer y el atardecer. El sol en ciernes y el sol exhausto. Unas nubes medianas, tal vez fuera pedir demasiado, pero unas nubes discretas manchando el cielo, empapadas de resplandor naranja, oh eso sería realmente espectacular.
—Pues yo voy a descansar un poco, estoy molida, ya luego nos vemos en el desayuno —le dijeron algo al otro lado de la mesa, se rió, se dirigió de nuevo a mí—. ¿A qué hora habéis quedado?
El móvil vibró. Las seis y media. Estaba oscuro. Apenas había dormido, jodida espalda.
No le dije nada a L. de aquella caída por las escaleras, dos semanas atrás. ¡Si al menos hubiera sido un tropezón! Me levanté de madrugada, el cuarto de baño estaba a tres pasos de mi habitación. Uno dos tres pasos. Ni siquiera encendí la luz. Tres pasos por el rellano, como miles de veces. Los mismos que para volver con los ojos medio cerrados. El cuarto paso, ya al alcance de la cama, no apareció. En su lugar se hizo el vacío, la baldosa no estaba. Uno dos tres dolores. El pie la cabeza la espalda. Fue ese golpe, en mitad del espinazo, el que provocó un destello en el cerebro me he matado y un latigazo en el brazo para agarrar la barandilla frena frena ya estoy quieto y patas arriba sobre los últimos escalones. Una punzada insoportable no tengo sangre en ningún sitio mierda cómo duele. Aún me veo a la mañana siguiente, con espasmos en las costillas, recorriendo el rellano sin explicarme cómo acabé allí.
Las seis y media. L. me susurró tened cuidado, yo le contesté menos mal que me lo dices pensábamos ir sin luces y a lo loco. Cámara objetivos disparador en la mochila, trípode enganchado a la mochila, mochila enganchada sobre la espalda dolorida, la mancha veloz de la aurora limpiando el horizonte.

—Si alguien tiene vértigo puede volverse, para los demás no hay ningún peligro, el sendero está marcado y solo hay que tener precaución —Peter señaló el camino, a la izquierda la pared de roca y, tres palmos a la derecha, los cien metros del precipicio que descansaba en el mar—. En diez minutos estamos abajo, es una playa con formaciones rocosas muy fotogénicas. Porque un paisaje puede ser bonito pero no fotogénico. Hay que desconfiar de lo bonito. El sol está a punto de salir y lo hará por allí.
Peter hablaba despacio, acento nativo en lucha libre con el deje granadino, astutamente infiltrado en sus palabras con el paso de los años. Mi pie izquierdo sufría el contacto con los guijarros, la espalda se había entumecido tras una noche levantisca. La luz era agradable. Un golpe de viento balanceó el trípode. Pensé en los cientos de personas que habían recorrido esa senda, arriba y abajo, sin que nada les ocurriera. Imaginé la playa salpicada de formas caprichosas, piedras negras rojas blancas, olas de crestas afiladas que estallaban contra el arrecife y se amansaban sobre la arena. El sol asomado a su balcón.

Un golpe de viento balanceó mi cuerpo, busqué el apoyo de la pared. Cientos de personas arriba y abajo por el sendero, los vi a todos, como a la Santa Compaña en los bosques gallegos, y todos estaban sanos. Recordé a L. murmurar un día te matas por esos montes ponte en el Google Maps que por lo menos sepamos dónde rescatarte. Miré a mi alrededor y allí no había abismos en forma de escaleras ni feroces escalones con sus fauces abiertas, nadie iba a apagar la luz, yo tenía los ojos bien abiertos y me guiaba un profesional con experiencia. Sí, la próxima vez que me levante de madrugada para ir al baño activaré mi localización en el Google Maps. Apoyé el pie, sentí el dolor y salivé pensando en el paisaje la belleza la fotogenia.
Las imágenes que acompañan este relato de ficción fueron realizadas durante el taller fotográfico impartido por Peter Manschot, en Cabo de Gata, entre el 17 y el 19 de febrero de 2023

