Cuando “Cada Lunes de Aguas” me salvó de las pantallas

Yo no escribo nunca reseñas literarias. Así se lo repetí a L. cuando me animó a hacerlo. “Y después me dejas el libro”. Cada Lunes de Aguas, de Juan Montiel. Claro que se lo dejaría. L. siempre me devuelve los libros que le presto. Incluso suelo tener varios en su casa y los voy leyendo poco a poco. Sé que están a salvo.

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Acumulación de colores en el río Tinto

El río Tinto devora el cielo

No hay manera de despegar los ojos del suelo. Inclina la cerviz, sí, y muéstrate humilde. Cobre azufre hierro —así, sin comas— azul amarillo rojo. Guijarros piedras rocas —con pinturas de guerra— barro seco agrietado. Sobre una roca lisa en la cúspide L. leía un libro en el móvil. Cubría su cabeza con un sombrero de mimbre y la sombra del ala ancha cobijaba su cara. Tumbada, su cuerpo se inclinaba ligeramente sobre la fina lámina de agua, intensa como la sangre. Bien pudiera ser una víctima propiciatoria sobre el altar del sacrificio. El río Tinto era un imán que anclaba la vista, devoraba el cielo y lo borraba de nuestros sentidos. Pero yo me escabullía, sabía que había algo más, y de repente vi emerger del agua aquella pequeña bola de fuego. Sigue leyendo

Rascar el cielo en Nueva York

Rascar el cielo en Nueva York

Conocer las vistas desde el Empire State Building es imprescindible para demostrar que se ha visitado Nueva York. Las imágenes más clásicas y románticas de la ciudad tienen allí su hogar. Merece la pena permanecer largos minutos en la cola y pasar los controles de seguridad. Cuando miras y te das cuenta de que, efectivamente, puedes rascar el cielo, se agradece cualquier espera. Los sentidos se agudizan y la vista registra a velocidad de vértigo imágenes para el recuerdo. Como la que durante unos breves segundos protagonizó un joven que, en su silueta, encarnaba todo un cliché: mochilero con la visera de la gorra vuelta del revés, observando la inmensa capital del mundo. Un observador que, a su vez, era observado por mí. Se detuvo el tiempo justo para apretar el disparador; entonces se giró y se fue. Agradecí profundamente al arquitecto del edificio, William F. Lamb, el retranqueo y la cisura de la fachada, elementos que facilitan ser origen y destino de múltiples puntos de vista. La fotografía está tomada en septiembre de 2017.

Trances de muerte para María Zambrano

Trances de muerte para María Zambrano

Ella aún no lo sabía, pero su mala salud de hierro resistió el desgaste de la vida durante 87 años. Atravesó, triunfante, trances de muerte y la Muerte, rencorosa, se cebó alrededor. ¿Qué son las cosas? ¿Por qué no sabemos? ¿Qué nos falta? Son las preguntas esenciales, y por tanto trágicas. Los años veinte… Locos, felices. Tal vez en otro lugar, que es tanto como decir en otro tiempo, o tal vez en otra persona a la que jamás conocerá. Años veinte, sentada ante el escritorio, corresponsal pertinaz. Porque él no está. Puede que sea ella misma la que no esté. Escribe para tenerlo junto a sí, para retener los momentos tasados en que pueden acariciarse, reír, herirse. Sigue leyendo

Recreación de la vista de la laguna y la Peña desde el dintel del dolmen

La montaña, la laguna y el ciclópeo dintel

De espaldas al dintel aquella persona, a la que llamaremos “A.”, sintió en su piel la brisa fresca de la amanecida. Aún no había salido el sol, pero ya se abría paso en el cielo una claridad creciente. A su derecha brotarían los primeros rayos de luz solar. Aun así su mirada permanecía atenta al frente, intentando distinguir en la penumbra el perfil de la montaña mística, anclada a poco más de cinco kilómetros de distancia. En pocos minutos el mundo conocido volvería a contemplar, asombrado, las claras líneas de un gigantesco rostro humano, rigiendo el transcurso de la vida. Cuando el cielo se manchó de un tono rosado la Peña desveló de nuevo su presencia colosal. A los pies de A. el sol, el cielo, la montaña, el ciclópeo dintel… se reflejaron sobre las aguas tranquilas, salobres y quietas, de la laguna que cubría la que miles de años después sería conocida como la Vega de Antequera. Sigue leyendo

Ventajas de las pocas luces

Ventajas de las pocas luces

Le mandé un mensaje al móvil: “Estás en el encuadre”. Pero el oleaje sometía a L. a una profunda sesión de hipnosis, sentada sobre el pedregal salpicado de basalto. El acantilado tomaba la forma de las viseras de los estadios, combinaba tonos claros y oscuros, y acuchillaba el mar hasta hacerlo sangrar. A través del visor destacaban el polar magenta y el musgo verde. La llamé, uno dos tres timbrazos. L. reaccionó metiendo la mano en el bolsillo. Entonces colgué. Golpeó la pantalla con el índice, varias veces. Me miró, se levantó y avanzó hacia mí. En el visor el mar sangraba con una espuma blanca, sedosa y dócil. En mis ojos las olas golpeaban con violencia, veloces bajo el sol del mediodía. Coloqué ante el objetivo un filtro aún más oscuro. “Ventajas de las pocas luces”, pensé.

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Las plazas públicas han muerto

Las plazas públicas han muerto

“La vida privada en Rusia ha muerto”, decía el temible bolchevique Strelnikov —la cara hendida por la huella de un sable zarista— ante un turbado doctor Zhivago. Yo contenía la respiración, a riesgo de morir asfixiado durante las tres horas y cuarto de la película. La última palabra se quedó flotando como una pompa de jabón, “… muerto … muerto…” Pero era otra voz, no la de mi atormentado bolchevique, sino la de L. “¿Me escuchas? Que digo que en este pueblo las plazas públicas han muerto”. Para entonces Zhivago había sido devuelto, ileso, al vagón de ganado en el que viajaba hacia los Urales. Sigue leyendo

Insurrectos

Llamada a la insurrección

La insurrección del siglo XXI se hace con el pensamiento. Siguen existiendo las rebeliones violentas, los baños de sangre y las represiones brutales. Cierto. Pero son revoluciones —y reacciones— presentes realizadas con métodos arcaicos, los que se aplicaron en el siglo pasado, el de las atrocidades, con máxima eficiencia. En este minuto, para ser un insurrecto no hay que mancharse las manos, sino que sobre estas ha de apoyarse un buen libro. Y después prender una lenta mecha ante la pantalla de un dispositivo electrónico. Sigue leyendo

Ninguna mirada se cruza con otra

Ninguna mirada se cruza con otra

No sabría decir cuántas posibilidades existen de que haya seis personas en una foto y ni una sola de ellas observe a cualquiera de las demás. Ninguna mirada se cruza con otra. No, no es un efecto de la pandemia, no hay mascarillas y en la clara distancia “de seguridad” no hay la más mínima preocupación por la seguridad. Pero un narrador homologado no debe ocultar información al lector, se truncaría una relación que debe ser de absoluta confianza. Así que desvelemos que la fotografía fue tomada en septiembre de 2017, en la High Line de Nueva York, y más concretamente en las gradas de la calle 23.

La High Line es un antiguo trazado ferroviario de casi dos kilómetros y medio de longitud, reconvertido en “vía verde”. Los viandantes —nunca mejor llamados así— pasean a varios metros de altura entre jardines, fuentes, algún vetusto edificio de rancia filiación neoyorquina y deslumbrantes rascacielos. Junto al mercado de Chelsea está uno de sus accesos, y allí se encuentra el anfiteatro de la calle 17, donde cómodamente sentados y a través de un cristal los curiosos contemplan, a sus pies, el trajín del tráfico en la 10ª avenida.

Pero volvamos a la imagen. Dos de sus protagonistas están absortos en sus teléfonos móviles, otras dos llevan gafas de sol y miran hacia su derecha, un hombre hace ejercicio y una mujer, algo más apartada, tiene unos auriculares prendidos en sus orejas y lee un libro.

La figura que domina el centro es una mujer canosa y, efectivamente, protege sus ojos con lentes oscuras. La mochila sujeta a la espalda y el plano —¿es un plano?— entre sus manos la delatan: es una turista. Luce media sonrisa, pero sin chispa, sin duda algo cansada por el desgaste de una jornada de recorrido por Manhattan.

Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje

Tenemos el escenario y los protagonistas, conocemos el entorno más próximo a través del narrador, que ni siquiera sabe que también es considerado un personaje. Pero en todo relato —fotográfico en este caso— hay una mano negra que mueve los hilos, que se oculta bajo múltiples apariencias para hacer y deshacer a su antojo. El villano —pues villano se ha de ser para no dar la cara— es el autor.

Desconocemos la apariencia del autor de la imagen, por qué eligió ese encuadre y no otro, cuál es la razón de que una determinada figura ocupe el centro y las demás orbiten a su alrededor. ¿Hizo una sola instantánea o fueron varias? Si fueron varias, ¿por qué esta y no otra? Una vez elegida, ¿por qué la editó en blanco y negro, descartando el resto de tonalidades?

La narrativa y la lectura —Jano Bifronte, Cástor y Pólux, Rómulo y Remo: pares inseparables— están preñadas de preguntas, y las respuestas varían de lector en lector, en el mismo lector según el día y el estado de ánimo, cuando dos lectores se encuentran e intercambian impresiones. Leer una foto es como leer un libro, interpretar las imágenes equivale a componer palabras. Tal vez más de una persona lea este texto y esta fotografía, y quiera completar su propia narración.

La Odisea

Ardió Troya y Ulises se fue de crucero

Un 16 de abril de hace 3.200 años Ulises asesinó a los muchos pretendientes de Penélope que habían invadido su casa y rapiñado su hacienda. Diez años antes, en el 1188 antes de Cristo, nuestro héroe había participado en la destrucción de Troya. Se lo comenté a L., pensaba que se sorprendería por este alarde de precisión cronográfica, derivada del estudio científico de eclipses y otros detalles cósmicos que Homero deslizó en sus composiciones. Pero ella se limitó a asentir y dio un par de puntadas más; pensé que en esa tarea tal vez pudiera esperar mi regreso durante una larga década. Sigue leyendo